viernes, 27 de febrero de 2009

El carro probablemente matará al niño



Era brutal como el inesperado sudor que de pronto le cubrió las manos. Y muy cierto: en verdad lo iba a matar. Manopla en lo alto, el niño se lanzaba hacia atrás en busca de la pelota y, sin darse cuenta, rebasaba la banqueta frente al coche que se le aproximaba frenético, anhelante, deseoso de alcanzarlo, de acabar con él. El carro probablemente matará al niño.

Debía razonar: se trataba sólo de una fotografía acompañada por un texto siniestro, no de una realidad amenazante, no del imposible grito de auxilio para sus inútiles manos temblorosas, no de la muerte escupida grotesca desde un libro publicitario, no de la visión verdadera de un aniquilamiento imbécil. Nada de eso, nada de dejarse seducir por la impresión, el dolor de cabeza, la garganta seca, la pasmosa debilidad instantánea.

Se levantó del sillón. Enfriarse, eso era. Un poco de agua en la cara y después atender las galeras, las páginas formadas, las copias fotográficas y adiós absurdo malestar.

No: las inadvertidas lágrimas en las mejillas y la cadavérica palidez del rostro que con saña increíble le imponía el espejo lo devolvieron en un segundo a la tragedia fotografiada, al miedo. Se mojó, se quiso refrescar, buscó olvidarlo todo: el estrés produce efectos sorprendentes, cómo enloquecer por una simple producción fotográfica con escenario, movimientos, sincronía perfecta, cada-cosa-en-su-lugar, el fotómetro dijo que sí, que ya, todo listo, adelante, toma uno. ¿O no? ¿Acaso una grotesca casualidad, un documento auténtico, un testimonio real de una muerte tan real como su incomodidad, su falta de aire, su excesiva inquietud, su arrolladora ansiedad? No. No podía ser porque no-podía-ser y ya. Basta. Mejor irse, dejar pendientes los pendientes y abandonarse en el olvido, en el caudal citadino, en la casa donde todo quedará atrás y la noche brindará callada y luminosa la calma, el sueño, la vida en paz. Hasta que al día siguiente de nuevo las prisas, las presiones, el corretear a todos y ser correteado y nada de niños ni de coches ni de fotos golpeantes.

Ajena a los deseos reparadores, la noche misteriosa lo acorraló en los laberintos del recuerdo imborrable, y el sueño fue breve y se detuvo en el niño que va a ser aplastado por el coche ansioso, terrible, devastador que surgía una y otra vez hasta el insomnio y la quemante tortura silenciosa.

En la mañana hubo locura y mil revisiones de lo revisado mil veces, hubo ojeras y desánimo y la pregunta que salió al aire, a quien la tomara: “¿Viste el libro que dejé aquí ayer?” Nadie lo vio, así que niño y coche y tortura podrían evaporarse entre las prisas vociferantes de todos los todos que corrían frenéticos, tan ajenos al monstruo que se gestaba. Mejor olvidarlo, para qué entrar en horrores si era cierre de edición y ni tiempo habría de sufrir un poquitín. Aunque tal vez mirar de nuevo al niño y al coche criminal en una foto blanco y negro extraordinariamente lograda, y a la hora de comer un petulante me encontré una asombrosa foto shocking de un niño que va a ser atropellado por un coche. Eso: digerir la bestialidad y convertirla en hallazgo para cubrirla de palabras que la negaran. ¿Y si no resultaba? ¿Si crecía la impresión, si volvían a doler los huesos, si las lágrimas escurrían sin aviso, si comenzaba una vez más el temblor interminable? ¿Qué hacer? Más vale arriesgarse y, si duele demasiado, hablar con ella hasta la náusea, hasta que salga el monstruo, le escupamos, lo pisemos, lo matemos como el coche que mata al niño, lo odiemos con aterrado frenesí infantil y aquí yace el hijo de su perra madre que quiso trastocar pero no pudo, claro que no pudo.

El cierre fue ciclónico, complicado, sin un segundo libre y, previo convencimiento de tipógrafa y formador, hasta las tantas de la noche entre correcciones, líneas caídas, pies de foto, anuncios, ajuste de cuadrícula, portada y acabamos, gracias por quedarse, finalmente quedó mona.

El coche, sin embargo, no se fue: esperaba silencioso, agazapado, en busca del momento para atacar aparecido de la nada, desde un escritorio donde no estaba. Con tanta adrenalina utilizada durante el día, sus posibilidades de éxito eran mínimas, así que iba a perder en este enfrentamiento final, definitivo: la imagen sería sólo eso, y el cansancio y la razón iban a dejar atrás el miedo infinito.

Al contrario: unos minutos de miradas atentas lo devolvieron a la sorpresa, a la angustia, al espanto de la producción imposible, de la exactitud criminal de la lente más homicida que el propio coche, y en la madrugada volvió a surgir el niño por fortuna viviente gracias al grito ahogado que impidió el crimen y llevó al insomnio, siempre tan igual a sí mismo. Y horas con el niño y el coche y sus efectos demoledores en la cama insensata, desperdiciada.

Ya era claro el asunto: había que emprender un silenciosa lucha interior a fondo, sin límites, hasta el fin, sin confesar a nadie los vaivenes del terror.

Pero aquello fue creciendo. En los días tranquilos del inicio del número siguiente de la revista, todo era corregir, cabecear, cuadricular y ojalá se tipografíe rápido pero hay que buscar fotos, porque si no de nada sirve el avance. Fotos, claro: el libro siempre a la mano, la imagen larga, interminable, horrorizadamente contemplada, la imagen imposible que devoraba todopoderosa, que crecía cada vez, que avanzaba lenta e inexorable en su interior, que se adueñaba de él hasta negar espacio a lo demás, hasta el no comer, no dormir, no nada, no vivir sino para la muerte que al fin llegaba hasta él en ese niño y ese coche y esa frase. Y todo era silencio, ansiedad, turbulencia.

Todo era muerte, y ella lo notó y lo dijo en miradas inquietas, interrogantes, temerosas. Mucho trabajo, muchas presiones, hay problemas, ya pasará. Ya pasará. Y no pasaba y ella insistía en la lucha contra su callar estático, y miraba el insomnio y encontraba la destrucción en el rostro y en la distancia inexplicada. ¿Cómo decírselo? ¿Cómo explicar que estaba enloqueciendo por una foto? Era simplemente idiota, tan idiota como las ojeras permanentes, la depresión infinita, los kilos perdidos, las imposibilidades que se sumaban. ¿Por qué llegar a eso? ¿Por qué lo movía tanto la foto, por qué ese dolor? Porque era real, era la muerte, era el fotógrafo que por azar captó la tragedia en el momento exacto. No podía ser truco ni trabajo profesional ni mera brutalidad publicitaria. ¿Comprendería ella esa oscura fascinación, esa voluntad mortuoria? Tal vez sí, aunque mejor pasar a la acción, fin al monstruo y entonces sí contarlo y se acabó.

Ella comenzó a cansarse. Se alejó lenta, cuidadosamente. Le hablaba poco, lo trataba con meticulosa indiferencia y ni una palabra más del asunto, aunque de pronto una reveladora mirada fugaz. El quiso hablar, gritar, llorar, sacarlo por fin... era imposible; la batalla parecía perdida.

En el trabajo crecieron los problemas, estás hecho un idiota, no sé qué te pasa ni me interesa, pero si no te compones pronto y vuelves a funcionar, hasta la chamba se te va al carajo, ¿me entiendes?, al-ca-ra-jo.

¿Qué hacer? Vivir sin la muerte, vivir sin el niño y el coche y el horror, vivir sólo con ella maravillosa. Lo intentó febril, pero algo faltaba y lo que quedaba de la vida era cada día peor, poblado por un silencio oprimente, por un sangriento frío interior, por la dolorosa lejanía insalvable.

Hasta que alcanzó el límite y, ahogado, se decidió porque ya no había más fuerza que la de expulsar todo hasta vaciarse con ella. Le iba a contar del horror cotidiano, de la muerte observada, asimilada, hecha propia durante mañanas, tardes y noches. Le diría de los sueños, del insomnio entre coches y niños asesinados, de lo que surgió de una mente de publicista, de la producción de increíble realismo... o del fotógrafo que hizo lo inimaginable.

Con un pretexto huyó del trabajo; nada impediría el desenlace de alivio, de disolverse para surgir nuevamente, aunque lo aplazara un poco la nota que ella dejó sobre la mesa del comedor, en donde se enteró de que no, de que el aplazamiento era final porque lo dejaba para siempre. Y gritó y quiso buscarla, seguro de que había salido poco antes, y en ese momento el milagro del ansia de encontrarla y hablarle y besarla infinitamente borró absoluta al niño, al coche, a la muerte.

Vivo por fin, corrió tras ella y alcanzó sin saberlo la mitad de la calle, donde volteó para observar a un sonriente fotógrafo que desde la esquina disparaba su cámara justo hacia él.

viernes, 20 de febrero de 2009

Una gélida noche de viernes

Francis Bacon, Autorretrato (1969)

Fue un puñetazo seco, fuerte, que le enrojeció el pómulo derecho.

Tomás quedó paralizado de terror. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Se había golpeado solo? No, no, eso resultaba absurdo: estaba nervioso, no desquiciado, y no se dañó a sí mismo por su terrible impericia, ínclita creadora de monstruosidades, compañera siempre dispuesta a recordarle que él no era del todo apto para un mundo éste. Entonces, ¿quién lo hizo? ¿Un puño invisible? No podía siquiera pensar con claridad. Era una gélida noche de viernes, y cuando lo sintió, enmedio de la bárbara alteración producida por la semana infernal de prisas y presiones y desvelos y enojos, libraba una feroz batalla contra sábanas y cobijas, poderosas enemigas de la comodidad de esa cama cada vez menos suya por infinitamente vacía sin Magdalena.

Quieto, asustado, comenzó a sudar frío. Le tiritaba el alma. Nunca creyó volverse auténticamente loco, pero ahí estaba la evidencia: fue atacado por un puño invisible. Vomitó. Lloró. Se hundió en el remolino de las tormentas interiores, el cuerpo entero cubierto por malestares. Abría los ojos, los cerraba. Quería razonar, pero era inútil. Un loco, no era más que un loco. ¿Cómo defenderse, para qué?

La zozobra fue avanzando hasta convertirse en ansiedad incontrolable de llanto y golpes contra el colchón, fiebre desesperada, quemante angustia por la lejanía de Magdalena.

Hasta que, interminables horas después, llegó el agotamiento y las brumas inquietas de un profundo sueño aplastaron el sabor amargo del golpe y los aullidos de su conciencia. No fue grato, pero tuvo por fin el consuelo de lo sepulcral, ese derrotero reconfortante.

Los vacuos minutos del sábado reptaron en la pletórica nada con que Tomás iba familiarizándose lenta, irreversiblemente, entre llantos nunca llorados e imágenes imborrables, Magdalena recién bañada, esperando que la recorriera moroso por cada recoveco, por toda delicia siempre nueva, hasta la tensión máxima de las degollantes piernas extáticas y mil sobresaltos de la piel erizada, cubierta después con el fuego ritual de las manos de Tomás bañadas en esa crema dichosa que permanecería en la soberbia de su cuerpo breve, Magdalena dormida y abrazada por un Tomás maravillosamente lleno de vida, Magdalena enfundada en la piyama descomunal de Tomás, Magdalena desayunando en la cama, Magdalena reluciente caminando desnuda por la habitación, Magdalena mirándolo silenciosa y contenta y satisfecha, Magdalena fumando durante la interminable charla nocturna, Magdalena con sueño, Magdalena, Magdalena...

El camino de sus abismos era ese sábado más brutal que nunca, la atención perdida, el cuerpo burbujeante, los ojos desesperados. Agolpados, los porqués corrían en desorden, escupiendo su despiadada furia ígnea en avalanchas de reclamos e insultos que latigueaban los jirones de lucidez cada momento más incierta, por qué soy tan imbécil, por qué me destruyo así, por qué no puedo, y horas febriles de autorrepugnancia mal contenida, de ánimo suicida.

Entonces, a media tarde, llegó el remedio: hacer ejercicio para liberar toda la tensión acumulada, y fueron abdominales, sentadillas, saltos, trotes, flexiones, esfuerzos crecientes y calor y energía, al fin un poco de vida y cansancio físico y fuera todo el malestar todo, pero inesperado surgió un nuevo golpe, otra vez en el pómulo, idéntico al de la noche anterior: un puñetazo surgido del aire.

Se hundió en una oscuridad más densa e inasible que no disolvían la sorpresa ni el dolor. Su minúsculo departamento se convirtió en interminable campo desconocido. El baño, antes a unos cuantos pasos, estaba ahora del otro lado de la Tierra, y llegar a él significaba miles de movimientos peligrosos, embrión cada uno del posible ataque surgido desde la nada. El acto simple y rutinario de orinar tenía un contenido nuevo y amenazante.

¿De dónde salía el puño? ¿De los libros del buró, de la colcha misma de la cama, de la alfombra, de las paredes, de los cuadros que tantas cosas presenciaron en los meses de Magdalena? Lo mejor era no moverse salvo lo ineludible, y esperar un signo, un gesto del aire enrarecido de la casa, confiar —confiar, ¡vaya idea!— en el surgimiento de un guiño de tregua. Su mente trabajaba desesperada en los recorridos simultáneos de la quietud corpórea y el tormento psíquico, pero cuidado porque la furia puede llevar al manotazo o a la revolcada que sin saberlo provoque la ira impredecible del puño; equilibrar y reprimir, pero hasta cuándo, dígame usted hasta cuándo, porque tampoco puede ser siempre y de qué manera adivinar el fin de esto.

El sueño se apoderó de él en la madrugada; fue breve, entrecortado y estéril contra la ansiedad, cazadora omnímoda que lo apresaba en cada despertar. No te muevas, tarado.

El domingo fue de postración, de fríos y calores desmedidos, de miedo al recorrido infernal por el departamento cada vez más grande e inhóspito, ni pensar en bañarse o comer; acaso, en gesto de gran audacia, sentarse sobre la cama en busca del aroma nítido de la piel de Magdalena, su Magdalena ya no suya, lejana, entristecida por ese Tomás vencido por su propia sombra destructiva. Cuidando de no moverse, se concentró largo tiempo en llamarla con la mente, y los ojos casi quemaban la puerta en su espera desconsolada, asida con furia a la última esperanza del milagro que la llevara a recoger algo que olvidó, a decirle cuánto te quise, Tomás, y me arruinaste y te arruinaste. Las horas le arrancaron lágrimas y siguieron llenándolo de vacío y de dolores intolerables: todo el cuerpo estaba fallando, me enloquecen este silencio y esta inmovilidad, mejor la busco y así reúno todos los riesgos, desde puñetazos imposibles hasta la negativa cortante. Se puso de pie y caminó decidido, casi desafiante, al baño: un buen regaderazo, una afeitada, algo de loción y vámonos.

Si llegaba algún golpe, lo ignoraría, ¡por supuesto, cómo no lo pensaste antes, ésa es la solución: ignóralos, no ocurren, son tus delirios! No contaba con un plan, y todo dependería del estupor de verla cerca de él y sentir cómo su voz iba dándole fuerza. Con la toalla amarrada en la cintura, se rasuró y decidió poner orden en la casa, siempre tan ordenada y ahora con pequeños detalles de abandono. Cama bien tendida y con sábanas recién planchadas, ropa sucia en el cesto, cocina impecable, ahora sí la loción y a vestirse con la camisa que tanto le gustaba a ella. En el fondo sabía la inutilidad de todos los efectismos que intentara, pero lo importante era que funcionaran como marco, ese decir te quiero desde el aroma y la pulcritud. Por fortuna, los golpes del puño invisible no habían dejado marcas notables, así que no iba a ser necesario siquiera mencionarlos. Por fin, antes de correr tras ella, escoger el libro que lo acompañaría en las posibles horas de espera frente a su casa y abrir las ventanas para que se renovara el aire pesado del departamento.

No llegó a la primera ventana, pues un golpe terrible, colocado a la altura de la nariz, lo lanzó con brutalidad hacia el suelo y le reveló la sal de su propia sangre corriendo sin freno por la boca. Era tan intenso el dolor que no pudo reprimir un grito que lo contenía todo y le provocó un espanto indescifrable. Corrió por hielos, los envolvió en una bolsa de plástico y se los dejó largo rato pegados a la nariz hinchada hasta lo monstruoso, y ahora cómo ir a verla en semejante estado.

De pronto entendió que toda la energía del mundo iba a ser incapaz de sacarlo de la trampa. Necesitaba pensar, no moverse, o moverse y no pensar, eso es, pero las piernas no respondieron y se doblaron como papel en los primeros pasos y de nuevo al suelo, una mancha más en la alfombra. No importa, debo escapar, y se arrastró pesadamente hasta la puerta, donde trató de ponerse de pie y no pudo.

Ya era la mañana del lunes cuando despertó. Cómo me dormí, a qué hora, qué está pasando. Sonó el teléfono, sí, sé que es tarde, pero estoy muy enfermo, realmente no puedo ir, no, no sé qué es pero voy a ir al doctor, espero que mañana. ¿Qué le esperaba? Mejor no pensarlo y llegar por lo menos a la cama. Lo logró sin contratiempos, y antes de hundirse nuevamente en la depresión dio un salto y comenzó a arrancar los cuadros, alguno de ustedes ha cobrado vida y lo voy a averiguar y me desharé de ti, maldito. Una caja recibió obsequiosa las reproducciones, y después otra encerró, bajo cinta canela furiosamente pegada, los pocos originales comprados a plazos. Ahora sí, a salir a flote: regadera, rasurada, loción, ropas limpiecitas, todo listo, al fin vuelve la vida.

Fueron dos grandes golpes, veloces, contundentes, dirigidos a machacarle el pómulo derecho y el ojo izquierdo. No hubo sangre, pero sí dos grandes moretones. No quiso siquiera levantarse del suelo. Ahora no había intentado abrir las ventanas; sólo trataba de salir y recuperar su vida. ¿Era demasiado pedir? ¿Y los cuadros? ¿No eran autores de todo? ¿Cómo lo seguían golpeando desde su encierro? Se sintió enfermo de muerte y abandonó los cuidados, no habría hielos ni frotaciones ni pomadas, pero Magdalena estaba en cada instante de su dolor, llenando de sed las vacilaciones y los planes mal fraguados.

Tomás era una masa de impulsos contradictorios y desbordados que no acertaba a organizar su pensamiento: estaba atrapado por una asfixiante masa pegajosa. Hasta que se le ocurrió algo: debía jugar con astucia, no con las vísceras. Magdalena estaba ahí fuera y él tenía que salir a buscarla; sólo iba a lograrlo si ganaba esta lucha desquiciada. ¿Cómo? ¡Acechando al enemigo, ya no seas el ratón, conviértete en gato!, pero estaba débil, y necesitaba fuerza para lograrlo. Decidió prepararse para la batalla final.

Se levantó y caminó seguro hacia el sofá de dos plazas de la sala, donde haría un profundo trabajo de limpieza interior. Pasó muchas horas desechando ideas y llenando, con exasperante lentitud, los enormes agujeros de su voluntad trunca. Cerraba y abría los puños, sentía con placer la tensión de los músculos de las piernas, respiraba profundamente, movía los hombros con fuerza inusitada, balanceaba el tórax para lanzarlo con cada puñetazo, giraba los pies endureciendo los tobillos. Quería ser un auténtico guerrero y logró borrar todo pensamiento ajeno a la acción decisiva que iba a emprender. Se concentró más que nunca en toda su vida: había un centro en su mente y todo lo demás era oscuridad y silencio. Pero no quiso confiarse y decidió hacer una prueba. Brincó del sofá y se mantuvo unos minutos de pie, increíblemente tenso, listo para atacar. ¿A qué, a quién? Eso no importaba. Respiró una y otra vez con toda la profundidad que podía, escuchando sigilosamente el entrar y salir del aire denso. Dio dos pasos hacia el sofá individual y se sentó, alerta, a continuar su trabajo.

Era de noche. Consumió el día entero preparándose para la contundencia con que iba a enfrentar su propia ruina. Había avanzado muchísimo, pero le pareció insuficiente e insistió hasta notar cómo aumentaba la energía que impulsaba cada milímetro de su cuerpo. Estaba listo.

Al ponerse de pie se dio cuenta de que había amanecido: era martes, pero no permitió que eso lo distrajera. Todo era combate, sólo eso. Había acumulado una fuerza tal en los músculos que con cada movimiento, por pequeño que fuera, sentía cómo se replegaba el aire, cómo se alejaba de él para cederle obsecuente el paso. Cada poro atento, buscaba el puño traicionero. Se dirigió hacia la puerta y, antes de abrirla, se dio vuelta y lanzó una furiosa andanada de golpes y patadas. No encontró resistencia y, convencido de que había atemorizado al monstruo, lo persiguió por todo el departamento. Sus golpes eran brutales, sin bajar nunca la guardia, sin reducir por un segundo el estado de tensión suprema que se autoalimentaba, dándole más fuerza después de cada ataque. Todavía no encontraba a su enemigo y siguió persiguiéndolo sin descanso, hasta que los puños de su oponente invisible le aplastaron el abdomen, la quijada, el pecho, un ojo, la nariz, el abdomen, la nariz, el otro ojo, una oreja, el pecho, la quijada... Tomás golpeó y golpeó y golpeó con furia incontenible, pero los puños eran imparables y no tenían cuerpo, las patadas no lo tocaban. Simplemente no existía.

La catástrofe fue absoluta. La sangre y el dolor lo desmoronaron en minutos. Fue llorar sin freno y volver a meterse en la frustración, en las mil preguntas. Se quedó tirado, observando cómo avanzaba la mancha de sangre sobre la alfombra, cómo se apoderaba inexorable de ese infierno suyo sin salidas ni razones.

Cuando volvió en sí, los dolores eran inaguantables y lo atrapaba el ruido del teléfono. De nuevo la explicación para la oficina, con enormes trabajos porque apenas lograba hablar, yo creo que hasta el próximo lunes, una infección, pero tengo mucha fiebre, sí, muy mal, pero ya pasará, perdón y gracias. ¿Perdón? Encima de todo, se comportaba como un verdadero estúpido. ¡Perdón! ¡Carajo, deberían verme!, y de ahí al nuevo plan de acción, ése sí infalible: desmontar toda la casa, guardar todo como quien se cambia e inutilizar al monstruo sin intentos de lastimarlo físicamente.

Horas después decidió comenzar a moverse a pesar de los dolores aún muy intensos, y se dio cuenta de que no había comido nada desde el viernes. Se incorporó, vació una lata y la devoró velozmente. Tomó refresco y empezó a relajarse. En el espejo, el espectáculo fue terrible: la cara ya no parecía la suya, sino la de un ser contrahecho y apaleado. Se acarició las heridas y las mojó con agua helada, viendo correr la sangre seca.

Comenzó a empacar y, aunque le faltaban cajas, se las fue ingeniando para formar paquetes que contuvieran las furias de los puños invisibles. Lo hizo apresado por grandes temores, esperando el ataque a cada momento. No lo hubo y, ya en la madrugada, pudo respirar en relativa paz. Se le ocurrió entonces llamar por teléfono a Magdalena; le rogaría que fuera a verlo y que abriera con sus llaves, las explicaciones vendrían después, pero lo fundamental era que ella entrara por sí sola al departamento que tanto quisieron al estar juntos. ¿Y si el monstruo la atacaba? No, eso no iba a ocurrir: él lo sabía bien. Cuando contestó la grabadora no se desanimó y, al contrario, con todo y su voz deformada, le dejó un mensaje risueño y erótico que, sin duda, la iba a hacer sonreír; no quiso ponerse muy dramático, pero intentó ser clarísimo en cuanto a la necesidad vital de que fuera a verlo. A partir de ese momento, todo fue espera y deseo.

Amaneció y nada. Esperó el miércoles entero. Nunca sonó el teléfono, nunca se movió la puerta, nunca escuchó sus pasos aproximándose a salvarlo. Esperanzado, desayunó, comió, cenó, se reportó a la oficina diciendo que comenzaba a mejorar, que posiblemente el viernes. Su ánimo oscilaba entre la angustia de la espera, el bienestar discreto que comenzaba a crecer en su interior y el miedo frente a un posible ataque. La noche llegó y con ella fue disminuyendo la esperanza, pero no se doblegó y le hizo una nueva llamada casi suplicante. Se acostó y fue abandonando los temores. En apariencia había resultado útil la idea de empacar todo: en alguna parte, en alguna de las cosas que poblaban su soledad, estaba el monstruo temible. ¿Qué hacer más adelante? ¿Tirar todo a la basura? No, era más conveniente ir desempacando cosa por cosa hasta saber cuál de ellas lo contenía y esa sí deshacerla por completo. Sus meditaciones estaban centradas en la puerta y el teléfono, pero se mantenía vigilante para protegerse de un eventual ataque. Se dejó ganar por el sueño que, después de tantas angustias, se presentaba reconfortante, como una promesa de calma y tranquilidad. Estaba convencido de que dormiría toda la noche, pero un puñetazo, suave y bien colocado en el brazo izquierdo, lo interrumpió durante un momento de ligero despertar. Se levantó frenético y estuvo a punto de soltar golpes al aire, pero se arrepintió y no hizo más que llorar.

El jueves, todo él una garra informe y vacía sin ánimo de vivir, Tomás era la tristeza misma. No pensó siquiera en bañarse o vestirse o caminar. Ya no lo inmovilizaba el miedo: sabía que su muerte era inevitable y no le interesaba luchar. ¿No habría muerto tiempo atrás y estaba hundido en los delirios posteriores? ¿Valía la pena preguntarse tantas estupideces? Mejor abandonarse al olvido de sí mismo. Pasó el día entero con la mirada perdida. El hambre fue fácilmente olvidada y lo mismo todo cuanto lo acercaba al movimiento. Tal vez había alcanzado el nirvana y ya ningún deseo lo impulsaba. Tal vez fue ese nirvana insospechado el que lo protegió cuando, a media tarde, llegó un nuevo ataque, más bárbaro y brutal que ninguno, que lo dejó casi ahogado en sangre, tumefacto y semipodrido, sin oponer la más elemental resistencia, sólo sintiendo como a lo lejos, como desde otro, la acumulación de puñetazos que hacían brincar su cuerpo de un lado a otro, mientras la sangre brotaba incontenible y caliente por aquí y por allá, la mente desconectada de la masa sanguinolenta.

Permaneció muchas horas perdido en la inconsciencia, completamente cerrado a toda forma del sentir; era una especie de espíritu ido del mundo material que en sus breves instantes de dudosa lucidez casi se reía de su propio desenlace terrible.

Lo despertó un frío tétrico, de muerte irrefutable. Le dolía el brazo izquierdo, metido bajo la cabeza para dejar la mano pegada a la cara. Casi desde otra dimensión, miró el reloj enmedio de la oscuridad. Eran las diez y media de la noche. Sin pensarlo, saltó de la cama y corrió hacia el baño; al encender la luz, el espejo le ofreció un rostro limpio, casi sedoso, con la discreta barba que le surgía por las noches. No encontró rastros de golpes, ni siquiera una leve cortada, un rasguño, un pequeñísimo moretón. Miró de nuevo el reloj. Era viernes, justo una semana después del primer golpe; era, de nuevo, una gélida noche de viernes. ¿Estaría muerto y no se daba cuenta? ¿Soñaba? No, estaba perfectamente despierto y lúcido. Notó entonces que el baño se encontraba en orden. Cada cosa en su lugar habitual, todo limpio, bien acomodado, como en los mejores tiempos. Sintió temor. ¿No había empacado? ¿Cómo habían vuelto las cosas a su lugar? Cauto, salió a la cocina, la sala, el comedor. Todo en orden. No faltaba en las paredes un solo cuadro. El aire de la casa, antes denso y encerrado, era ahora ligero, fresco, gratificante.

En el centro de la sala, gritó:

¡Te gané, desgraciado, te gané, no pudiste conmigo, maldito! —y comenzó a reír y llorar de alegría, hasta que lo interrumpió un sonido inesperado.

¿Qué pasa, Tomás, qué tienes?

La voz adormilada de Magdalena le llegó como la revelación mágica de que, en efecto, el monstruo se había ido y todo estaba nuevamente en orden. ¿Cómo? ¡Qué importaba! No quería respuestas: le bastaba saberlo. Caminó hacia la habitación, la única parte del departamento que no revisó antes de autoproclamarse vencedor, y vio a Magdalena acostada, cubierta con las cobijas. ¡Ahí estaba, realmente estaba! Entró a la cama y la estrechó eufórico por la espalda, hablándole dulcemente al oído:

Nada, chiquita hermosa, no pasa nada.

Levantó la vista, posándola distraídamente sobre la pared del fondo. Las letras, escritas con sangre, decían:

A ver si así, estúpido.

sábado, 14 de febrero de 2009

Queremos tanto a Julio


Descubrí a Cortázar siendo muy joven, demasiado joven... y me fascinó.

Tenía 15 años cuando un libro me llamó la atención en casa: Rayuela. Y ahí va el chamacuelo audaz a ver qué onda con esa obra misteriosamente presentada en la contraportada como antinovela o nivola (creo). Me quedé asombrado: era magia, dulzura, vida, sensibilidad, inteligencia, maestría literaria, ritmo, cultura... Todo me deslumbró. Por supuesto, no entendí más de dos o tres referencias, pero igual gocé muchísimo la lectura. Como era un escuincle muy obediente, la leí de la manera no secuencial.

Al paso de los años la volví a leer, de una y otra manera, unas pocas veces más (no sé cuántas, pero la más reciente es lejana). Me volvió a tocar profundamente. Lo que es más, difiero de la opinión dominante (y sólidamente fundamentada, debo decir): para mí, Rayuela demanda más arrojo, sensibilidad y ánimo de aventura que lecturas. Aun sin comprender una sola de las muchísimas referencias explícitas que contiene (ni hablar de las implícitas ni de las numerosas posibilidades de interpretación que ofrece), constituye una lectura bella, seductora, misteriosa, divertida, perturbadora, colorida, impredecible y más.

Rayuela es la obra de un estilista consumado, enfática y persistentemente antisolemne y anticonvencional, que se muestra dueño de una enorme variedad de complejos recursos técnicos a los cuales acude con gran inteligencia para lograr una expresividad acorde con el espíritu de la escritura. Pienso, por ejemplo, en el glíglico, lengua pletórica de erotismo, o en la representación de la simultaneidad de tiempos de la conciencia mediante los textos de lectura disociada cuando Oliveira prepara una sopa de lata. En el ritmo textual, tan jazzeado, libre y contrastante. En el bellísimo capítulo 7.

Es creación de un pensador profundo que hace un amplio uso de elementos simbólicos cargados de los más diversos contenidos, tanto filosóficos como de otro tipo. Pienso, por ejemplo, en los muchos puentes, donde de un estado físico, intelectual, de ánimo, los personajes transitan a otro incluso totalmente contradictorio con el anterior. En el zen interrogado por La Maga en actitud zen. En el Doppelgänger, el doble fantasmagórico con que cuentan Oliveira (Traveler) y el propio Cortázar (Morelli).

Es un pensador de amplios alcances que recurre al absurdo para introducir, en una técnica emparentada con el jazz, cambios insospechados en el sentido de la escritura; que filosofa, se interroga sobre la condición humana, sobre el amor, la muerte, la vida, la literatura, la maternidad, el pensamiento, la acción, la injusticia del mundo, la estupidez científica, la grandeza y la mediocridad humanas...

Encuentro a un Cortázar fuertemente tentado por la hiperintelectualidad en la figura de Morelli, genio literario de amplia cultura, pletórico de referencias y dueño de una maestría tan insuperable como enigmática. Morelli, que plantea, en el capítulo 62, una literatura imposible para que Cortázar la lleve a cabo en 62/Modelo para armar, su otra gran novela.

A partir del descubrimiento de Rayuela (tal vez el libro que más me ha marcado en la vida), me zambullí a leer a Cortázar. Un cuentista único, extraordinario. Bestiario, Final del juego, Las armas secretas, Todos los fuegos el fuego, se cuentan entre sus libros, todos definitivos. Se dice que el ABC del cuento es Arreola, Borges y Cortázar. Desde mi enciclopédica ignorancia, coincido. Nos regaló tantos cuentos maravillosos que toda selección parece injusta. Sin embargo, se me ocurren algunos y no puedo evitar la tentación: “El perseguidor”, “Cartas a una señorita en París”, “Todos los fuegos el fuego”, “No se culpe a nadie”, “Casa tomada”, “Las fases de Severo”, “Liliana llorando”, “La señorita Cora”, “La noche boca abajo”, “Usted se sentó a tu lado”, “Queremos tanto a Glenda”, “Las armas secretas”, “Continuidad de los parques”. La seducción es total. Los de Cortázar son cuentos extraña, desconcertantemente perfectos. Atrapan, encantan, maravillan, sorprenden, desconciertan, divierten, asustan. Orillan a la reflexión y el sentimiento. Se estructuran de formas asombrosamente dúctiles que dan pie a todo tipo de giros. Sus desenlaces, invariablemente abruptos, inesperados, transformadores de la perspectiva, le dan un sabor y un brillo excepcionales. Cortázar es un autor simplemente obligatorio para quien desee escribir cuentos, terreno donde además fue un lúcido teórico.

Sus libros misceláneos, como La vuelta al día en 80 mundos, Último round y Territorios, son viajes por un mosaico de temas abordados desde perspectivas profundas, desenfadadas y juguetonas. Muestran con claridad sus filias y fobias y consituyen un curioso autorretrato de un intelecto insaciable, nutrido por todo género de elementos. Historias de cronopios y de famas es una toma de postura frente al mundo, una categorización articulada en torno al espíritu libertario de unos y el sometimiento radical de otros. Es un libro denso, profundo, filosófico, que sin embargo resulta divertido, fácil de leer y lleno de humor. Una delicia que inicia ahí para continuar, con menos fortuna, en Un tal Lucas, libro también divertidísimo pero limitado a la repetición de búsquedas en terrenos perfectamente conocidos.

Aunque me considero mal lector de poesía, nunca me gustó mucho como poeta. Lo encuentro limitado, torpe. Prefiero su prosa poética, en general muy bella y conmovedora.

Las novelas. Dos enormes, definitivas: Rayuela y 62/Modelo para armar, ese demencial experimento convertido en una de las obras más apasionantes con que uno se pueda topar. Las dos están unidas de manera casi orgánica y son obras maestras de lectura obligada. Otras dos prescindibles: Los premios, una muy ambiciosa obra de juventud cuya realización resulta insuficiente, y Libro de Manuel, posterior a las otras tres y, a pesar de aciertos indiscutibles, con un planteamiento empobrecido.

Cortázar fue, además, un hombre de izquierda, un socialista revolucionario, crítico del fascismo y el capitalismo. Yo fui un joven revolucionario y me identifiqué mucho con sus posturas. Hoy no. Pero eso es tema para otros escritos, no éste.

El chamaco deslumbrado y entusiasta por Cortázar sobrevivió en mí durante mucho tiempo. Leí su obra y ensayos, entrevistas... todo lo que podía. En dos ocasiones estuve a punto de conocerlo, durante su última visita a México. Primera: me darían un rato para platicar a solas con él después de una conferencia y la inevitable firma de autógrafos posterior. Pero él estaba enfermo y debió recortar sus tiempos públicos, de manera que no. Sí obtuve un ejemplar de Bestiario autografiado al vuelo, pero nada más. Segunda: a partir de una casualidad, me invitaron a una cena privada, en casa de un amigo suyo, para darme espacio de platicar con él. Yo pensaba plantearle la posibilidad de entrevistarlo para la televisión, y ya tenía hechos los arreglos básicos para llevarlo a cabo si él accedía. Se canceló la cena, pues él estaba muy enfermo.

Hoy, mi visión del mundo ha cambiado radicalmente respecto a la adolescencia, pero conservo a la literatura cortazariana grabada en el alma y sigo considerándolo uno de los grandes escritores del siglo XX.

No lo olvidemos. Su obra es una festiva lección permanente de libertad creadora, de vida, de lucidez e inteligencia. Sí, en efecto, queremos tanto a Julio que la vida parece inconcebible sin su compañía.


Ese instante

La tensión había rebasado todos los límites. Un ciego ejército de hormigas corría desesperado por sus venas, la conciencia disolviéndose aceitosa rumbo al precipicio sin fin, el cuerpo crepitante al acecho del momento inevitable.

No pudo más y la besó.

domingo, 8 de febrero de 2009

Mi verdugo

Hay días en que está más grande.

Al principio no lo sentía porque la prisa mañanera dificultaba incluso la respiración, y nada era mayor que la angustia de la lucha contra la corbata, esa horca colorida. Más tarde, grises llegaban las horas del escritorio: todo velozmente inmóvil, poblado por las cortas diversidades de la uniformidad.

Ese día entre los días gravitaba sólo uno más, sólo el ineludible paso siguiente hacia la muerte reparadora, hasta que al atardecer la sorpresa, cada vez menos nueva: en el pie derecho, vereda doliente, corría una furia eléctrica que atenazaba los dedos, el zapato de pronto minúsculo para el empeine enrojecido, y entonces dolor y enojo y fastidio que sabía demasiado a estupefacción, a no me hagas eso, pie mío, te daré masaje y caricias y nos convenceremos de la imposibilidad de tu tamaño impertinente. Le proponía un trato: vuelve a tu proporción, evita distraerme y te cuidaré como si fueras lo más importante de mi vida: baños con esponja natural y agua tibia, uñas perfectamente recortadas, sesiones semanales de relajación, un poco de aire cada mañana, calzado cómodo, talquito, calcetines frescos, revisiones médicas constantes.

Ni siquiera me escuchaba: permanecía excesivo, omnipresente, reacio a cualquier solución; yo abandonaba poco a poco las desesperaciones del inicio, limitándome a la espera incómoda del retorno a la talla de siempre que ahora era casi.

Extraño destino el mío, aceptar la costumbre de esta naturaleza insólita que se apoderó lenta de mi ánimo disperso. En las primeras ocasiones fue simple la inutilidad de los remedios: agua caliente con sal, fricciones, reposo tranquilizador. Una hinchazón exige sólo eso y revisar la medida de los zapatos que antes ajustaban perfectamente. Todo estaba en orden. ¿O caminé mucho?, y de ahí al tobogán de las revisiones minuciosas de calzado e itinerarios, tal vez medio número más grandes, o un problema circulatorio, o... nada, porque pronto arribaba el olvido reconfortante. Y era siempre lo mismo: cómo adivinar la razón del misterio, si además no importaba porque pocas horas después quedaría lejos.

Luego de mil incomodidades, de mil intentos fallidos de diálogo, jugué al silencio observante: anotar caminatas, cuidados, tallas, ciclos improbables del estira y afloja. Busqué atisbos a ese mundo otro desde el que saltaba mi pie impredecible. ¿Serían los zapatos? ¿El clima? ¿El talante nocturno, el matinal? ¿Y si bastaba con ignorarlo? Hurgué frenético tras la posible respuesta escurridiza.

Pronto percibí que no lo iba a lograr solo, y los médicos resultaron de prodigiosa ineficacia. Sus largas explicaciones acerca de los miles de motivos para la hinchazón no hacían más que adormilarme, y los antinflamatorios me arruinaban el estómago y el humor. Busqué consuelo en testimonios previos que, victoria mínima frente a la locura anatómica, despojaran a mi caso de su carácter excepcional, imaginado sin duda por mi feroz ignorancia en tan importante tema. Nada: no encontré mención sensata, absurda o decididamente imbécil en uno sólo de las decenas de textos que devoré.

Acorralado y ansioso, manejé el asunto en desconcertantes charlas parabólicas que me condujeron a las risotadas de amigos, conocidos, recomendados y especialistas en temas insólitos. Mis menciones utilizaban siempre un tono incidental y desprendido, con la emoción prudentemente oculta y en espera sobresaltada de cualquier indicio revelador. Lo contaba como chiste, como anécdota oscura sustraída de un extraño libro, como apesadumbrada confesión de un tercero. Y cuando me ocurría, aguantaba con verdadero estoicismo los latigazos del dolor quemante, fingiendo su inexistencia tras el disimulo del andar deformado.

Encontré una gélida vacuidad en esos derroteros: no había herramientas para abordar lo indescifrable, y todo terminaba por confluir en la certidumbre inicial: hay días en que está más grande. Tan simple como eso: no era hinchazón ni problema de los veinte mil zapatos que intenté, ni frío ni calor ni nada ajeno al simple ejercicio de la inusitada soberanía de mi pie derecho. Llegué a sospechar que, como el resto de mí, se aburría de ser siempre el mismo y optaba por crecer. Pero mal, porque rompe con las reglas de la fisiología: a cierta edad, los pies alcanzan un tamaño definitivo.

En realidad, el caso era más insensato que dramático: desde su desafío silente, él me hizo conocer pronto las reglas y, dueño de una terrible obediencia obnubilada, yo no hacía más que someterme y aguardar el cambio cada instante anhelado. Al cabo de un tiempo pedregoso abandoné todo intento de respuesta, mi espíritu maltrecho sumergido en la lucha por asimilar la ruina intermitente y propinándome encendidos regaños contra la desesperación abismal.

Resignado y abatido, me hundí en lo inevitable y por fin alcanzamos una convivencia casi pacífica. Los dolores comenzaron a durar menos, acaso convencidos por mi concienzuda aplicación de ciertas precauciones, como la de tener siempre a la mano un zapato derecho más grande que el izquierdo. Así, tan pronto llegaba el aviso (normalmente era en las mañanas, pero antes yo lo ignoraba), cumplía con mi deber: cambiar zapato y calcetín, poner talco y renovado confort mutuo, ahora sí continuamos por el sinuoso laberinto de la complicidad excluyente que pesa y duele pero permite.

Todo en su cauce. La condena estaba resuelta y el alegre colorido de la tolerancia mutua teñía con cálida suavidad el horizonte de un arreglo satisfactorio. Y era una tal cosa, hasta que los dolores, bárbaras demandas relampagueantes que azotaban súbitas ya no sólo al pie, sino también a la pantorrilla, se volvieron más profundos. Pretendí ignorarlos y dedicarme a mi nobilísima tarea de buen cuidador de pies, pero él mostró una muy desagradable indiferencia hacia mis devotos esfuerzos e insistió en distraerme a toda costa. Aumenté las atenciones, convencido de que no pasarían desapercibidas, y así fue: la presencia constante de la amenaza del pie desproporcionado estaba, ya, perfectamente asimilada. Me adapté a cargar siempre un portafolio en el que llevaba, además de algunos papeles inútiles, el zapato, calcetines (conseguí dos pares de cada variedad), talco, sal y algunas cosas más. De esa manera, me encontraba siempre listo para enfrentar el momento impredecible, aunque una parte me resultó muy difícil: ¿cómo disimular esos dolores terribles? Hice mil intentos por ocultar el acto reflejo y, al cabo de varias ocasiones bochornosas, lo logré.

Sin embargo, existían otras dificultades. Al manejar el coche, por ejemplo, constantemente se me atoraba el pie entre los pedales o debajo de ellos. También, y peor, me faltaba o sobraba pie para frenar. Pude matarme, pero no. Tampoco lo hice en las escaleras, frecuentemente reacias a admitir en mi pie el tamaño que en ese momento yo le calculaba, y entonces el resbalón, o al pasar junto a las puertas que, necias, insistían en atorarse con él y darme violentos recordatorios en la cara o el torso.

Durante largo tiempo me resistí a convertir mi pie en un asunto fatal. Con toda tranquilidad, iba adecuando mis actividades a sus exigencias, y a la carga cotidiana de un número creciente de aditamentos para confortarlo se añadieron sorpresas cada vez más incómodas. La primera ocurrió cuando percibí que, al cambiar el zapato, el dolor disminuía sólo momentáneamente. Luego de largas cavilaciones e interminables horas de cuidados, percibí que estaba aún más grande. Ya no bastaba medio número más en el zapato: tendría que ser uno completo. Accedí a la nueva exigencia, pero sintiéndome de lo más inseguro. ¿Cómo disimular la disparidad? Cualquiera podría notarla, y la idea de convertirme, ahora sí, en un auténtico fenómeno, me resultaba apabullante.

Tomé una decisión radical: retirarme del trabajo e iniciar el aislamiento. Mis debates interiores eran polarizados, porque una parte anhelaba la soledad y el silencio, mientras la otra quería permanecer en el mundo, aun con el pie monstruoso. Sin embargo, en el fondo estaba la incertidumbre sobre el futuro: ¿quedaría todo en un número más en el zapato, o era sólo el inicio de una escalada incontrolable? Esto fue lo que me decidió. Aproveché mis ahorros e hice una vida frugal y relajada. Pretendí acomodar todo de tal manera que la existencia me resultara grata y enriquecedora, pero era como desviar la mirada ante el peligro inminente, ante la locomotora que te arrollará en segundos: sabía que ahí, determinando cada uno de mis movimientos, estaba mi pie incoherente.

Transcurrieron algunos meses en los que todo marchó bien; tanto que, en algún momento, los arranques de crecimiento disminuyeron hasta convertirse casi en sólo una anécdota. Pasaba largas temporadas en su estado natural, sin molestarme. Supuse que le había asentado bien el cambio, y la suma de cuidados y soledades aliviaba sus afanes protagónicos. Habíamos logrado, al fin, vivir en santa paz, haciéndonos la vida difícil sólo en muy raras ocasiones.

Pero no.

Un día amaneció grande, tan grande que el número extra resultó lastimosamente insuficiente. Se iniciaba de nuevo el ciclo demencial. Lo consentí una vez más, aunque, ahora sí, sin ofrecerle más atenciones que las acostumbradas. No pareció gustarle e hizo más frecuentes las demandas, que fueron creciendo hasta el espanto, porque al cabo de unos meses de desgastante estira y afloja la talla del zapato era ¡cuatro números! superior a la original.

Me fastidié y decidí declararle la guerra abierta. Suspendí los cuidados y, a pesar de los dolores terribles que me ocasionaba, lo aprisioné en zapatos pequeños y le dediqué constantes y rudas reclamaciones. No había avances, aunque él pareció intimidado por mi nueva actitud y dejó de crecer. Ya nunca fueron más de cuatro tallas de diferencia.

Fue algo peor.

De pronto, luego de un día de feroces combates, aplicó una variedad nueva de autonomía que jamás, ni en los momentos de mayor delirio, se me ocurrió imaginar, ingenuo de mí. Simplemente decidió tomar su rumbo, y lo hizo. Si yo pretendía caminar de frente, él lo hacía para la derecha o la izquierda; si yo iba a la izquierda, él a la derecha, o al frente, o hacia atrás. Enfurecido, no supe qué diablos hacer. La imposibilidad de caminar me parecía ya el colmo de los excesos posibles, y entré en la enloquecida batalla. No entendía sus intenciones, salvo la de joderme sistemáticamente, pero yo peleaba como el más aguerrido. Intenté trampas en verdad audaces y temerarias, como la de fingir que iba hacia la izquierda para que él lo hiciera hacia la derecha, donde le aguardaba un mueble que le propinaría un buen golpe. Nos iba a doler a los dos, pero tal vez de esa manera lograría convencerlo de que era mejor el armisticio.

Fallé: nunca se concretó el engaño, y él parecía percibir con gran agudeza mis turbios afanes.

Con el paso de los meses, comprendí que todo estaba perdido. Era mejor matarme, porque sólo así me libraría de la pesadilla inconfesable. Caí en una violenta depresión que me hundió durante días enteros en la cama. No comía, no salía siquiera de la recámara, no nada. Me reduje, aterrorizado ante la sola idea de ponerme de pie y caminar. Sin embargo, dejarse morir es mucho más complicado de lo que parece, y me vi obligado a dar algunos pasos porque se me ocurrió solicitar una amputación, que obtendría si le daba un maltrato lo suficientemente severo. Iba rumbo a la cocina, luchando contra él, cuando sin saber por qué decidí permitirle que me guiara. ¿Quieres ir al estudio? Vamos. Me acercó al escritorio y se las arregló para que me sentara frente a la máquina de escribir. Se quedó quietecito, como esperando algo y, cosa increíble, ante mis ojos redujo su tamaño hasta alcanzar el normal. ¡Sí, el normal, el que yo había olvidado después de tanto tiempo y tantas peleas!

Entonces, por fin, entendí todo; por eso estoy aquí, escribiendo su estúpida historia, único remedio posible.

Nuestra pasión silenciosa


Cuando me dijo venga un momento por favor, Sonia, le voy a dictar, supe que, como de costumbre, Pedro y yo nos encerraríamos un largo rato en su oficina, sin llamadas, envueltos en la cálida intimidad de su territorio nuestro, ambos en la mesa de trabajo y él hablando como al vacío con gesto concentradísimo, su mirar firme y penetrante recorriendo mi cuerpo con gozosa lentitud: senos, piernas, cuello, labios y por fin los ojos. Ahí es detenerse larga, profundamente, en el placer mutuo de la posesión. Yo no miro el cuadernito de taquigrafía: acudo al rostro de Pedro, visito su cuidada belleza y me detengo después en el tórax musculoso, en las manos velludas, en la dulzura toda de la piel apiñonada. Nos hablamos tanto sin una sola palabra, nos damos tanto con sólo contemplarnos. Es un ritual dulce y encantador, coronado por algunos minutos de silencio anhelante, las vistas entrelazadas hasta que me pongo de pie y camino rumbo a la puerta. Pero hoy me regresé antes de salir y, tomándolo de las manos, me atrajo hacia ella y sus labios fueron a los míos. La estreché con fuerza, nos besamos mil veces y la fui desnudando con calma. Conocía bien su cuerpo desde fuera y me gustaba, pero fue mejor saborearlo y confirmar mis intuiciones. Se dio sin reservas y su gozo fue mi mejor aliciente para seguir. Es una mujer hermosa y esperé mucho ese momento. Busqué atraerla y provocar que tomara la iniciativa, pero tardó tanto en hacerlo. La miraba mucho, intensamente y de manera directa y expresiva, casi retadora, despojándola con la mente de la blusa, el brasier, las medias, la falda, para después ir a la boca y a los ojos. Me hipnotizan sus ojos: grandes, brillantes, juguetones, tremendamente seductores, de un precioso verde claro que parece el de una hoja en primavera, y es rico meterme en ellos, diciéndoles que no tienen secretos para mí. Claro que no es cierto, pero tengo facilidad para ese tipo de cosas. Y el contraste con la vasta cabellera negra y brillante y con la blanquísima piel, de una extraña blancura sólida. Su belleza me deslumbra y no encuentro en ella sino armonía y equilibrio. Ahora cambió todo y en realidad no entiendo gran cosa, excepto que por fin me besó y la descubrí completa. Fue una buena experiencia, pero no sé qué pasará después, no se vaya a enamorar como damisela, aunque no me parece. ¿Entenderá que se trata de pasión y sólo eso?

A veces me desespera con su Sonia esto, Sonia aquello, ayúdenos aquí, resuelva tal cuestión, quédese localizable, esto es urgente, pero lo quiero y me gusta: lo he observado muchas veces aliviando situaciones tensas con un chiste y grandes carcajadas a manera de mudanza, de final renovador que vuelve a poner todo en su lugar y entonces el tono amable, cordial e insistente tan característico de los hombres cuyo trabajo, más que el modo de vida y el desarrollo profesional, representa una expresión auténtica de su naturaleza íntima, de su ánimo por asentarse en el mundo exterior, ese incómodo pulpo descolorido. Es como si gozara luchar con él, irlo ajustando paso a paso. Durante las reuniones de directorio, en las que se discute el futuro de la empresa y cada participante busca lucir lo mejor de sus capacidades, casi veo las manos etéreas de la mente de Pedro tomando los hilos de cosas que están ahí pero no son formulables y no pertenecen a nadie: sólo flotan entre todos en espera de ser atrapadas por alguien. Las toma y las baja hacia su regazo, huyendo unos minutos de las peroratas de los demás para observarlas con calidez y atención, envolviéndolas en su dulce sonrisa. Las acomoda, les da varias vueltas decididas y por fin sale de su letargo; entonces, sonriendo con un aire distante y divertido, espera con paciencia oriental el momento de hablar: a mí se me ocurre que podríamos... y estupefacción generalizada, aire de fiesta, qué buena idea, sí, eso es lo mejor, excelente. Contento, detiene en cada uno de ellos y ellas la mirada penetrante, ese gozoso ya te vi que parece atravesar las máscaras y acudir a lo más profundo de los demás, al ser que se esconde bajo ropajes, estatus y competencia. Después se pone de pie y, acomodándose el saco, les pide, dueño de la situación, que piensen todo lo dicho: sesionarán al día siguiente a las diez, para tomar decisiones. Nada de esto me interesa por sí mismo, sino como el conjunto de signos que trazan a los seres y sus encuentros. He desarrollado una buena capacidad para percibir a los demás por medio de sus gestos, del subtexto de sus decires, de su distracción y sus cuidados al tratar toda clase de temas. La ejercito mucho al entrar a la sala de juntas, donde Pedro nunca se sienta en el mismo lugar y los demás parecen desconcertados, y en esos momentos la veo magnífica, plantando su silueta perfecta, sabiéndose deslumbrante y deseable, todas las miradas de hombres y mujeres en ella. Me atiende casi con devoción y eso me halaga y me hace dudar, porque no sé muy bien cómo mostrarle que no se trata de un enamoramiento, sino de un deseo enorme. No es, lo sé, sólo el afán por poseer su cuerpo, sino algo diferente: tengo unas ganas locas de poseerla desde su cuerpo y no sé hasta dónde. ¿Cómo hacérselo saber? No encuentro la respuesta, pero en las juntas me encanta verla entrar, acercarse y hablarme suavemente. La siento muy mía y eso me llena de orgullo, además de que me divierten mucho las reacciones de los asistentes: pretenden seguir en lo suyo, pero están en ella, cautivados. Ahora que por fin conocí su desnudez total, no la que fingen mis miradas, me empiezan a ocurrir cosas extrañas. En las juntas, nunca pierdo el hilo de lo que se está hablando; a veces parezco distraído, en otro planeta, pero no, en realidad estoy ahí, dándole vueltas a todo. Lo raro es que hoy me perdí: cuando entró Sonia, la observé y me surgió su imagen desnuda y entregada. Vi sus caderas, sus pezones erguidos bajo mi lengua, el vello del pubis, escuché su respiración y me absorbió el olor de su piel. De pronto, increíble, se estaban dirigiendo a mí, y la voz llegaba lejana, brumosa, como hablando en una lengua desconocida. Improvisé y salí más o menos bien, pero no me gusta llegar a esto. Debo controlarme y respetar las definiciones de los espacios. Hacerle el amor a Sonia podrá ser maravilloso, pero debe quedarse en su terreno, sin invadir a los demás. En fin, es un principio divertido para una buena pasión. No vale la pena preocuparse demasiado.

Me incliné muy cerca de su rostro y le hablé con voz baja y modulada, observando el espectáculo de la reunión, la conducta cautivadora de Pedro. Es un seductor profesional, capaz de someter a todos por su encanto y por ese curioso aire de suficiencia que, sin embargo —lo puedo asegurar porque lo he observado minuciosa, dedicadamente—, es en el fondo una burla irónica de sí mismo y de cuanto le rodea. Se divierte jugando con los gestos exteriores: su poder no surge del impecable traje de seda italiana, de la preciosa pluma fuente que garrapatea con tinta sepia en la papelería personalizada, ni del nudo perfecto de la corbata siempre sobria o del Rolex de acero o del academicismo de sus propuestas. Avalancha calurosa y múltiple, su poder surge de su interior, del inmenso desparpajo vestido de seriedad ejecutiva. Estuve muy atenta en busca de signos de una posible transformación interior que me dijera más de él, de los efectos que podría producirle nuestro banquete íntimo, y encontré un brevísimo trastabilleo, una distracción auténtica. ¿Fui el motivo? No lo sé, pero quiero pensar que sí, que se sumergió en las profundidades del encuentro revelador de la verdad de nuestro lenguaje sin palabras, de la solidez de las intuiciones que tanto nos han unido. Fue hermoso percibirlo en ese instante mágico de duda, pero en mi interior comienza a crecer un cierto miedo por el habla. No sé si lo amo —¿quién puede saber ese tipo de cosas?—, pero no hay duda de que me encanta y lo deseo de una manera casi antropofágica, y mi deseo no requiere de nada salvo de su presencia, de la posibilidad constante de observarlo y de tenerlo a mi lado, tocándolo, jugando con los ritmos de su excitación, de su encantador anhelo de mí. Sospecho que las palabras tienen muy poco que ver en esto y, a pesar de la densa profundidad de nuestra cercanía cómplice, temo su posible efecto distorsionador sobre el lenguaje tan minuciosamente construido por ambos en las miradas que dicen todo lo informulable, lo inaprensible. Eso es lo mejor de nosotros: no lo arruinen, palabras, no interfieran en la comunión perfecta y déjenla en su propia inercia, veloz y poderosa. Quiero abandonarme, permitir que Pedro fluya en mí por caminos autoconstruidos a cada instante, con cada silencio, desde las miradas y la piel, pero en ese momento sentí otra intensidad en la mirada de Sonia: se dio cuenta, me conoce muy bien y ahora sabrá que no soy el mismo, que mi artificiosa maestría comienza a vulnerarse bajo su fuerza. Me preocupa porque no hay palabras para definir mi gusto por ella y no quiero que se enamore o, mejor, no quiero que lo haga de modo convencional. Debo hacerle entender eso, es fundamental, y cómo hacerlo. Será necesario hablarlo y romper nuestro silencio de siempre para poner todo en claro: te deseo enloquecidamente, más de lo que puedo manejar, pero no estoy enamorado de ti. El amor es una cosa complicada, llena de entendimientos, y yo busco otra comunicación contigo. No confundas: mi terreno de contacto es enorme y diferente, y mi desliz de hoy en la junta, que percibiste, obedece a otra cosa, no a una simple fantasía de enamorado. Estás en mi interior, vives en mí, pero como una ansiedad de ser en ti. Eso no es amor. ¿O sí? No sé cómo llamarlo, pero es otra cosa... Está raro, muy abstracto y con demasiados peros. No son ideas claras, sino refutaciones de ideas también oscuras. ¿Cómo decirlo? No sé, realmente no lo sé, pero debo hacerlo, ponerlo en palabras. Ellas deben ser la base para delimitar y hacer sin confusiones ni tonterías.

Dijo que no me ama, y de ahí se soltó un interminable discurso muy extraño en el que finalmente no hacía más que luchar con inusitada ferocidad para convencerme —y sobre todo convencerse a sí mismo— de que no me ama. Su lenguaje, siempre tan concreto y directo, fue ahora como una película sin terminar, llena de cortes y regresos y desviaciones. Lo miré intensamente mientras se gastaba luchando por ponerle palabras a su angustia, que me quiere adjudicar a mí. Su negra mirada quería ser más penetrante que nunca, pero la percibí casi uniforme, lejana de su espléndida gravitación habitual. Su tono calmo y concentrado no fue sino la máscara lamentable de un aturdido debate interior sin frutos convincentes. ¿Para qué lo hace, por qué juega al revés, cuál es el afán de transformar algo tan bello como nuestro entendimiento? No lo puedo creer: Pedro está inseguro porque la tersura común de sus haceres está sobresaltada por mí, y no entiende la belleza de su socavamiento, se asusta pequeño frente al inicio del correr sin destino. Juicioso y mesurado, esclavo súbito e inadmisible de la razón razonante, busca poner límites, trazar mapas, definir ámbitos, qué chistoso, pero rechacé internarme por esos caminos, no quiero regresarlo a tierra diciéndole cállate, tonto y todo como si tal cosa, y entonces me dijo, la verde mirada fija y complaciente, no te preocupes, no hay problema, esto es otra cosa. Me quedé idiotizado: no supe qué decir y me besó con pasión. Como cada noche desde la primera, nos poseímos en mi oficina. Hacemos el amor con lentitud. Yo busco retener todos los momentos, gozarlos hasta el límite y atesorarlos como experiencias únicas, irrepetibles. Ahora tuvo un liviano aire de reencuentro después de mis palabras. Ella conservó su silencio de siempre, diciendo todo con la vista. Después de mi sorpresa inicial, me tranquilizó mucho verla tan decidida. No se está enamorando y piensa lo mismo que yo: esto es otra cosa. Bien, qué bueno. Me siento más libre y suelto. Ahora sí puedo asegurar que no me distraeré de nuevo y todo volverá a su cauce. Sonia en su espacio, bello y deseable, y el resto de la vida en los suyos, aunque sé bien que cada minuto del día lo paso ansiando la hora de tenerla.

Hoy, cuatro días después del tropiezo público pero privado de Pedro, entré de nuevo a la sala de juntas y me invadió una tensión oscura y pastosa, qué ocurrirá, si se repitiera me halagaría pero poniéndome en guardia frente al trepidar de sus temores acallados. Prefiero el atisbo de su mirada corriendo profunda y juguetona por los asistentes, la mente hábil concentrada en escucharme sin perder detalle de la burda discusión exterior. Me perturbó pensar que se descubriera de nuevo amándome total, entregado a nuestras comuniones, a la plenitud que somos en la tibia soledad. Han sido cuatro días de amarnos locamente, pero cuidado con hablar, lo nuestro es el calor de la piel, la maravilla de sabores, visiones y contactos. No se puede formular este amor que nos arrolla, y tal vez él tiene razón y no me ama ni lo amo, pero eso no importa porque somos goce y entrega. Le acerqué unos papeles diciéndole cualquier tontería cerca del oído, deseosa de brevedad y vámonos, aquí no pasó nada, nos aguarda la noche placentera, y lo dije sin más: te amo, Sonia, y mis palabras fueron casi un suspiro igual a su yo también, Pedro, pero usted sabe, Sonia querida, que todo esto es desgraciadamente falso. Por eso le escribo, porque la amo y me ahoga la espera de ese beso espléndido que no me ha dado para que comencemos a escribir juntos la historia de nuestra pasión silenciosa.

La trampa de la esponja


Escrito en 2006 para presentar una exposición del artista plástico Juan José Freire, celebrada en La Esmeralda, dista de las presentaciones habituales, groseramente académicas y llenas de referencias huecas para la mayor parte del público. Es un texto que busca transmitir el goce producido por la observación de la obra e invita a participar en él.


Ya lo dijo, décadas hace, la abuelita de usted: bichos peligrosos, las esponjas. Muy peligrosos. Por ejemplo: va usted caminando por los espacios de esta Obra negra con la inocencia del Intelecto, del Saber, del Conocimiento muy bien colocada y percibe a un artista lúcido, dueño de sus recursos, que trabaja/retrabaja/destrabaja los espacios, las formas, las texturas, las composiciones, los tonos y un larguísimo cuanto analítico etcétera, cuando de pronto, ¡plop!, se descubre atrapado por la esponja, una cosa otra que simplemente le hace caer en su trampa.

Su trampa: el sistema secreto, el lenguaje indescifrable, el encanto abismal de la esponja de Juan José Freire. En su interior perviven teorías, esfuerzos, análisis, propuestas, reflexiones, ejercicios y demás. Son parte de ella, están ahí, contribuyen/guían/alimentan, pero no son el alma de: no animan. Y es que se trata de vida, no de ideas, esas abstracciones frecuentemente vacías y descarnadas que tanto queremos y veneramos. La esponja Freire está viva, y eso muy bien puede aterrar al Intelecto más pintado. Porque uno es atrapado por ella y se lleva una buena zarandeada, alguna mordida y quién sabe cuántas cosas más. Ahí dentro, donde uno se ve rodeado por esponja y esponja y esponja, surgen todo género de habitantes inesperados. A veces el espacio es duro, casi pétreo, y aloja trazos ligeros, aéreos, volátiles, de acariciante suavidad. A veces, la composición parecería ser un imán poderosísimo que jala los trazos al punto exacto de la confluencia de los deseos. Aquí y allá hay ondulaciones, hay suavidades que parecen hálitos de moribundos y rudezas como mazazos a una estrechez fragmentada, hay agua, mucha agua que corre y se detiene y se endurece y se evapora y se petrifica y se enriquece y se desvanece y resurge, hay tanta voluptuosidad, tanto goce, tanto deseo, que no tiene uno más remedio que zambullirse y dejarse acariciar por rayones feroces, monigotes peludos, curvas que se repiten y se afirman en su luz, que insinúan cuerpos que no son pero sí son, y más, y más, y más.

Y es que las cosas corren diferente en la esponja Freire. Está llena de circuitos ocultos, de vasos comunicantes invisibles, de correspondencias enigmáticas. Su lógica, si la hay, es muy otra. Parece una codificación/decodificación incesante, interminable, el juego de la mutación perpetua, el movimiento que ocurre porque ocurre y ya. O sea: la esponja pulsa. Vea usted los dibujos de Freire y verifíquelo. Pero no: mejor no los vea: adéntrese en ellos, déjese atrapar (si tiene los ojos y el corazón abiertos, ocurrirá, créamelo, aunque usted no quiera) y percíbalos, siéntalos. Pulsan. Pulsan como el deseo, como la vida. Y en el interior de la esponja Freire, fiesta pletórica, eso es lo que cuenta, lo que prevalece, lo que importa.
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