viernes, 27 de febrero de 2009

El carro probablemente matará al niño



Era brutal como el inesperado sudor que de pronto le cubrió las manos. Y muy cierto: en verdad lo iba a matar. Manopla en lo alto, el niño se lanzaba hacia atrás en busca de la pelota y, sin darse cuenta, rebasaba la banqueta frente al coche que se le aproximaba frenético, anhelante, deseoso de alcanzarlo, de acabar con él. El carro probablemente matará al niño.

Debía razonar: se trataba sólo de una fotografía acompañada por un texto siniestro, no de una realidad amenazante, no del imposible grito de auxilio para sus inútiles manos temblorosas, no de la muerte escupida grotesca desde un libro publicitario, no de la visión verdadera de un aniquilamiento imbécil. Nada de eso, nada de dejarse seducir por la impresión, el dolor de cabeza, la garganta seca, la pasmosa debilidad instantánea.

Se levantó del sillón. Enfriarse, eso era. Un poco de agua en la cara y después atender las galeras, las páginas formadas, las copias fotográficas y adiós absurdo malestar.

No: las inadvertidas lágrimas en las mejillas y la cadavérica palidez del rostro que con saña increíble le imponía el espejo lo devolvieron en un segundo a la tragedia fotografiada, al miedo. Se mojó, se quiso refrescar, buscó olvidarlo todo: el estrés produce efectos sorprendentes, cómo enloquecer por una simple producción fotográfica con escenario, movimientos, sincronía perfecta, cada-cosa-en-su-lugar, el fotómetro dijo que sí, que ya, todo listo, adelante, toma uno. ¿O no? ¿Acaso una grotesca casualidad, un documento auténtico, un testimonio real de una muerte tan real como su incomodidad, su falta de aire, su excesiva inquietud, su arrolladora ansiedad? No. No podía ser porque no-podía-ser y ya. Basta. Mejor irse, dejar pendientes los pendientes y abandonarse en el olvido, en el caudal citadino, en la casa donde todo quedará atrás y la noche brindará callada y luminosa la calma, el sueño, la vida en paz. Hasta que al día siguiente de nuevo las prisas, las presiones, el corretear a todos y ser correteado y nada de niños ni de coches ni de fotos golpeantes.

Ajena a los deseos reparadores, la noche misteriosa lo acorraló en los laberintos del recuerdo imborrable, y el sueño fue breve y se detuvo en el niño que va a ser aplastado por el coche ansioso, terrible, devastador que surgía una y otra vez hasta el insomnio y la quemante tortura silenciosa.

En la mañana hubo locura y mil revisiones de lo revisado mil veces, hubo ojeras y desánimo y la pregunta que salió al aire, a quien la tomara: “¿Viste el libro que dejé aquí ayer?” Nadie lo vio, así que niño y coche y tortura podrían evaporarse entre las prisas vociferantes de todos los todos que corrían frenéticos, tan ajenos al monstruo que se gestaba. Mejor olvidarlo, para qué entrar en horrores si era cierre de edición y ni tiempo habría de sufrir un poquitín. Aunque tal vez mirar de nuevo al niño y al coche criminal en una foto blanco y negro extraordinariamente lograda, y a la hora de comer un petulante me encontré una asombrosa foto shocking de un niño que va a ser atropellado por un coche. Eso: digerir la bestialidad y convertirla en hallazgo para cubrirla de palabras que la negaran. ¿Y si no resultaba? ¿Si crecía la impresión, si volvían a doler los huesos, si las lágrimas escurrían sin aviso, si comenzaba una vez más el temblor interminable? ¿Qué hacer? Más vale arriesgarse y, si duele demasiado, hablar con ella hasta la náusea, hasta que salga el monstruo, le escupamos, lo pisemos, lo matemos como el coche que mata al niño, lo odiemos con aterrado frenesí infantil y aquí yace el hijo de su perra madre que quiso trastocar pero no pudo, claro que no pudo.

El cierre fue ciclónico, complicado, sin un segundo libre y, previo convencimiento de tipógrafa y formador, hasta las tantas de la noche entre correcciones, líneas caídas, pies de foto, anuncios, ajuste de cuadrícula, portada y acabamos, gracias por quedarse, finalmente quedó mona.

El coche, sin embargo, no se fue: esperaba silencioso, agazapado, en busca del momento para atacar aparecido de la nada, desde un escritorio donde no estaba. Con tanta adrenalina utilizada durante el día, sus posibilidades de éxito eran mínimas, así que iba a perder en este enfrentamiento final, definitivo: la imagen sería sólo eso, y el cansancio y la razón iban a dejar atrás el miedo infinito.

Al contrario: unos minutos de miradas atentas lo devolvieron a la sorpresa, a la angustia, al espanto de la producción imposible, de la exactitud criminal de la lente más homicida que el propio coche, y en la madrugada volvió a surgir el niño por fortuna viviente gracias al grito ahogado que impidió el crimen y llevó al insomnio, siempre tan igual a sí mismo. Y horas con el niño y el coche y sus efectos demoledores en la cama insensata, desperdiciada.

Ya era claro el asunto: había que emprender un silenciosa lucha interior a fondo, sin límites, hasta el fin, sin confesar a nadie los vaivenes del terror.

Pero aquello fue creciendo. En los días tranquilos del inicio del número siguiente de la revista, todo era corregir, cabecear, cuadricular y ojalá se tipografíe rápido pero hay que buscar fotos, porque si no de nada sirve el avance. Fotos, claro: el libro siempre a la mano, la imagen larga, interminable, horrorizadamente contemplada, la imagen imposible que devoraba todopoderosa, que crecía cada vez, que avanzaba lenta e inexorable en su interior, que se adueñaba de él hasta negar espacio a lo demás, hasta el no comer, no dormir, no nada, no vivir sino para la muerte que al fin llegaba hasta él en ese niño y ese coche y esa frase. Y todo era silencio, ansiedad, turbulencia.

Todo era muerte, y ella lo notó y lo dijo en miradas inquietas, interrogantes, temerosas. Mucho trabajo, muchas presiones, hay problemas, ya pasará. Ya pasará. Y no pasaba y ella insistía en la lucha contra su callar estático, y miraba el insomnio y encontraba la destrucción en el rostro y en la distancia inexplicada. ¿Cómo decírselo? ¿Cómo explicar que estaba enloqueciendo por una foto? Era simplemente idiota, tan idiota como las ojeras permanentes, la depresión infinita, los kilos perdidos, las imposibilidades que se sumaban. ¿Por qué llegar a eso? ¿Por qué lo movía tanto la foto, por qué ese dolor? Porque era real, era la muerte, era el fotógrafo que por azar captó la tragedia en el momento exacto. No podía ser truco ni trabajo profesional ni mera brutalidad publicitaria. ¿Comprendería ella esa oscura fascinación, esa voluntad mortuoria? Tal vez sí, aunque mejor pasar a la acción, fin al monstruo y entonces sí contarlo y se acabó.

Ella comenzó a cansarse. Se alejó lenta, cuidadosamente. Le hablaba poco, lo trataba con meticulosa indiferencia y ni una palabra más del asunto, aunque de pronto una reveladora mirada fugaz. El quiso hablar, gritar, llorar, sacarlo por fin... era imposible; la batalla parecía perdida.

En el trabajo crecieron los problemas, estás hecho un idiota, no sé qué te pasa ni me interesa, pero si no te compones pronto y vuelves a funcionar, hasta la chamba se te va al carajo, ¿me entiendes?, al-ca-ra-jo.

¿Qué hacer? Vivir sin la muerte, vivir sin el niño y el coche y el horror, vivir sólo con ella maravillosa. Lo intentó febril, pero algo faltaba y lo que quedaba de la vida era cada día peor, poblado por un silencio oprimente, por un sangriento frío interior, por la dolorosa lejanía insalvable.

Hasta que alcanzó el límite y, ahogado, se decidió porque ya no había más fuerza que la de expulsar todo hasta vaciarse con ella. Le iba a contar del horror cotidiano, de la muerte observada, asimilada, hecha propia durante mañanas, tardes y noches. Le diría de los sueños, del insomnio entre coches y niños asesinados, de lo que surgió de una mente de publicista, de la producción de increíble realismo... o del fotógrafo que hizo lo inimaginable.

Con un pretexto huyó del trabajo; nada impediría el desenlace de alivio, de disolverse para surgir nuevamente, aunque lo aplazara un poco la nota que ella dejó sobre la mesa del comedor, en donde se enteró de que no, de que el aplazamiento era final porque lo dejaba para siempre. Y gritó y quiso buscarla, seguro de que había salido poco antes, y en ese momento el milagro del ansia de encontrarla y hablarle y besarla infinitamente borró absoluta al niño, al coche, a la muerte.

Vivo por fin, corrió tras ella y alcanzó sin saberlo la mitad de la calle, donde volteó para observar a un sonriente fotógrafo que desde la esquina disparaba su cámara justo hacia él.

4 comentarios:

  1. Mi querido Guillermo: de entrada, de nuevo una disculpa por la tradanza para dar a mis ojosel tiempo de escucha de tu voz. La aprecio cada día más, pero no es eso lo importante aquí. te cuento que no tuve que leer el primer párrafo para saber el final, lo cual no me evitó que la lectura se ensañara paso a paso en un intento por asfixiarme (doble nudo, uno por el niño otro por personaje)sin misericordia. No sé si usaba esa corbata amarilla de nudo corredizo que alguna vez usó con uno de tus personajes, pero el dolor era tan amarillo como sólo puede serlo ese tono en una rajadura nocturna.
    Fue la foto en la entrada, a la cabeza: todo hubiera sido una desilusión si el cuento no terminara como lo hizo. Aquí me topé con una especie de ouroboros: verlo serpentear ha sido una delicia vouyerista acompasada por tamtames cardíacos que aumentaban en intensidad y velocidad. Una delicia ante la que, me parece, todos los que hemos estado como editores alguna vez hemos debido esbozarmás de una vez una sonrisa. Estoy amando ese sazón con humor negro que dejas entrever en ocasiones. Me da coraje la protagonista: cómo no hacerle el amor al personaje a la mitad de esa dinámica, hacerle el amor hasta que sangre y llore en verbo, hasta que hable. Lo más fácil es siempre agarrar las cosas, marcharse y dejar una nota. Nada, esta vez tu protagonista no me guiña el ojo, me en-ca-bro-na. Le falta fuego..., mientras al personaje lo consume una llama angustiante. Esta lectura es una catapulta bien dirigida: lo dicho, un ouroboros bello y bien logrado. Te abrazo más fuerte, ¡bravo! Y espero ansiosa el siguiente encuentro...

    Un beso, mi querido Guillermo..., y un beso para ese niño en estática muerte.

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  2. Hola Guillermo
    Aquí conociendo tu blog, pa`que veas que el correo a MariaLuisa (ex-M) sirve...

    Buen relato.

    Saludos,
    Jorge

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  3. Lo denso del relato y la obsesiòn del personaje desembocan en una pesadilla vuelta tràgica realidad para el propio protagonista. Es un texto contenido y comprimido al màximo que se cierra en tema y forma al mismo tiempo.
    ¡Muy bueno Guillermo!

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  4. Los derechos de autor del blog "El Microbio Terrible" de Guillermo Mendizábal fueron registrados íntegramente por él con permiso para distribuir reconociendo la autoría. Licencia de "Creative Commons": http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/mx/
    EN CASO DE PLAGIO PROCEDEREMOS JURÍDICAMENTE

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