viernes, 20 de febrero de 2009

Una gélida noche de viernes

Francis Bacon, Autorretrato (1969)

Fue un puñetazo seco, fuerte, que le enrojeció el pómulo derecho.

Tomás quedó paralizado de terror. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Se había golpeado solo? No, no, eso resultaba absurdo: estaba nervioso, no desquiciado, y no se dañó a sí mismo por su terrible impericia, ínclita creadora de monstruosidades, compañera siempre dispuesta a recordarle que él no era del todo apto para un mundo éste. Entonces, ¿quién lo hizo? ¿Un puño invisible? No podía siquiera pensar con claridad. Era una gélida noche de viernes, y cuando lo sintió, enmedio de la bárbara alteración producida por la semana infernal de prisas y presiones y desvelos y enojos, libraba una feroz batalla contra sábanas y cobijas, poderosas enemigas de la comodidad de esa cama cada vez menos suya por infinitamente vacía sin Magdalena.

Quieto, asustado, comenzó a sudar frío. Le tiritaba el alma. Nunca creyó volverse auténticamente loco, pero ahí estaba la evidencia: fue atacado por un puño invisible. Vomitó. Lloró. Se hundió en el remolino de las tormentas interiores, el cuerpo entero cubierto por malestares. Abría los ojos, los cerraba. Quería razonar, pero era inútil. Un loco, no era más que un loco. ¿Cómo defenderse, para qué?

La zozobra fue avanzando hasta convertirse en ansiedad incontrolable de llanto y golpes contra el colchón, fiebre desesperada, quemante angustia por la lejanía de Magdalena.

Hasta que, interminables horas después, llegó el agotamiento y las brumas inquietas de un profundo sueño aplastaron el sabor amargo del golpe y los aullidos de su conciencia. No fue grato, pero tuvo por fin el consuelo de lo sepulcral, ese derrotero reconfortante.

Los vacuos minutos del sábado reptaron en la pletórica nada con que Tomás iba familiarizándose lenta, irreversiblemente, entre llantos nunca llorados e imágenes imborrables, Magdalena recién bañada, esperando que la recorriera moroso por cada recoveco, por toda delicia siempre nueva, hasta la tensión máxima de las degollantes piernas extáticas y mil sobresaltos de la piel erizada, cubierta después con el fuego ritual de las manos de Tomás bañadas en esa crema dichosa que permanecería en la soberbia de su cuerpo breve, Magdalena dormida y abrazada por un Tomás maravillosamente lleno de vida, Magdalena enfundada en la piyama descomunal de Tomás, Magdalena desayunando en la cama, Magdalena reluciente caminando desnuda por la habitación, Magdalena mirándolo silenciosa y contenta y satisfecha, Magdalena fumando durante la interminable charla nocturna, Magdalena con sueño, Magdalena, Magdalena...

El camino de sus abismos era ese sábado más brutal que nunca, la atención perdida, el cuerpo burbujeante, los ojos desesperados. Agolpados, los porqués corrían en desorden, escupiendo su despiadada furia ígnea en avalanchas de reclamos e insultos que latigueaban los jirones de lucidez cada momento más incierta, por qué soy tan imbécil, por qué me destruyo así, por qué no puedo, y horas febriles de autorrepugnancia mal contenida, de ánimo suicida.

Entonces, a media tarde, llegó el remedio: hacer ejercicio para liberar toda la tensión acumulada, y fueron abdominales, sentadillas, saltos, trotes, flexiones, esfuerzos crecientes y calor y energía, al fin un poco de vida y cansancio físico y fuera todo el malestar todo, pero inesperado surgió un nuevo golpe, otra vez en el pómulo, idéntico al de la noche anterior: un puñetazo surgido del aire.

Se hundió en una oscuridad más densa e inasible que no disolvían la sorpresa ni el dolor. Su minúsculo departamento se convirtió en interminable campo desconocido. El baño, antes a unos cuantos pasos, estaba ahora del otro lado de la Tierra, y llegar a él significaba miles de movimientos peligrosos, embrión cada uno del posible ataque surgido desde la nada. El acto simple y rutinario de orinar tenía un contenido nuevo y amenazante.

¿De dónde salía el puño? ¿De los libros del buró, de la colcha misma de la cama, de la alfombra, de las paredes, de los cuadros que tantas cosas presenciaron en los meses de Magdalena? Lo mejor era no moverse salvo lo ineludible, y esperar un signo, un gesto del aire enrarecido de la casa, confiar —confiar, ¡vaya idea!— en el surgimiento de un guiño de tregua. Su mente trabajaba desesperada en los recorridos simultáneos de la quietud corpórea y el tormento psíquico, pero cuidado porque la furia puede llevar al manotazo o a la revolcada que sin saberlo provoque la ira impredecible del puño; equilibrar y reprimir, pero hasta cuándo, dígame usted hasta cuándo, porque tampoco puede ser siempre y de qué manera adivinar el fin de esto.

El sueño se apoderó de él en la madrugada; fue breve, entrecortado y estéril contra la ansiedad, cazadora omnímoda que lo apresaba en cada despertar. No te muevas, tarado.

El domingo fue de postración, de fríos y calores desmedidos, de miedo al recorrido infernal por el departamento cada vez más grande e inhóspito, ni pensar en bañarse o comer; acaso, en gesto de gran audacia, sentarse sobre la cama en busca del aroma nítido de la piel de Magdalena, su Magdalena ya no suya, lejana, entristecida por ese Tomás vencido por su propia sombra destructiva. Cuidando de no moverse, se concentró largo tiempo en llamarla con la mente, y los ojos casi quemaban la puerta en su espera desconsolada, asida con furia a la última esperanza del milagro que la llevara a recoger algo que olvidó, a decirle cuánto te quise, Tomás, y me arruinaste y te arruinaste. Las horas le arrancaron lágrimas y siguieron llenándolo de vacío y de dolores intolerables: todo el cuerpo estaba fallando, me enloquecen este silencio y esta inmovilidad, mejor la busco y así reúno todos los riesgos, desde puñetazos imposibles hasta la negativa cortante. Se puso de pie y caminó decidido, casi desafiante, al baño: un buen regaderazo, una afeitada, algo de loción y vámonos.

Si llegaba algún golpe, lo ignoraría, ¡por supuesto, cómo no lo pensaste antes, ésa es la solución: ignóralos, no ocurren, son tus delirios! No contaba con un plan, y todo dependería del estupor de verla cerca de él y sentir cómo su voz iba dándole fuerza. Con la toalla amarrada en la cintura, se rasuró y decidió poner orden en la casa, siempre tan ordenada y ahora con pequeños detalles de abandono. Cama bien tendida y con sábanas recién planchadas, ropa sucia en el cesto, cocina impecable, ahora sí la loción y a vestirse con la camisa que tanto le gustaba a ella. En el fondo sabía la inutilidad de todos los efectismos que intentara, pero lo importante era que funcionaran como marco, ese decir te quiero desde el aroma y la pulcritud. Por fortuna, los golpes del puño invisible no habían dejado marcas notables, así que no iba a ser necesario siquiera mencionarlos. Por fin, antes de correr tras ella, escoger el libro que lo acompañaría en las posibles horas de espera frente a su casa y abrir las ventanas para que se renovara el aire pesado del departamento.

No llegó a la primera ventana, pues un golpe terrible, colocado a la altura de la nariz, lo lanzó con brutalidad hacia el suelo y le reveló la sal de su propia sangre corriendo sin freno por la boca. Era tan intenso el dolor que no pudo reprimir un grito que lo contenía todo y le provocó un espanto indescifrable. Corrió por hielos, los envolvió en una bolsa de plástico y se los dejó largo rato pegados a la nariz hinchada hasta lo monstruoso, y ahora cómo ir a verla en semejante estado.

De pronto entendió que toda la energía del mundo iba a ser incapaz de sacarlo de la trampa. Necesitaba pensar, no moverse, o moverse y no pensar, eso es, pero las piernas no respondieron y se doblaron como papel en los primeros pasos y de nuevo al suelo, una mancha más en la alfombra. No importa, debo escapar, y se arrastró pesadamente hasta la puerta, donde trató de ponerse de pie y no pudo.

Ya era la mañana del lunes cuando despertó. Cómo me dormí, a qué hora, qué está pasando. Sonó el teléfono, sí, sé que es tarde, pero estoy muy enfermo, realmente no puedo ir, no, no sé qué es pero voy a ir al doctor, espero que mañana. ¿Qué le esperaba? Mejor no pensarlo y llegar por lo menos a la cama. Lo logró sin contratiempos, y antes de hundirse nuevamente en la depresión dio un salto y comenzó a arrancar los cuadros, alguno de ustedes ha cobrado vida y lo voy a averiguar y me desharé de ti, maldito. Una caja recibió obsequiosa las reproducciones, y después otra encerró, bajo cinta canela furiosamente pegada, los pocos originales comprados a plazos. Ahora sí, a salir a flote: regadera, rasurada, loción, ropas limpiecitas, todo listo, al fin vuelve la vida.

Fueron dos grandes golpes, veloces, contundentes, dirigidos a machacarle el pómulo derecho y el ojo izquierdo. No hubo sangre, pero sí dos grandes moretones. No quiso siquiera levantarse del suelo. Ahora no había intentado abrir las ventanas; sólo trataba de salir y recuperar su vida. ¿Era demasiado pedir? ¿Y los cuadros? ¿No eran autores de todo? ¿Cómo lo seguían golpeando desde su encierro? Se sintió enfermo de muerte y abandonó los cuidados, no habría hielos ni frotaciones ni pomadas, pero Magdalena estaba en cada instante de su dolor, llenando de sed las vacilaciones y los planes mal fraguados.

Tomás era una masa de impulsos contradictorios y desbordados que no acertaba a organizar su pensamiento: estaba atrapado por una asfixiante masa pegajosa. Hasta que se le ocurrió algo: debía jugar con astucia, no con las vísceras. Magdalena estaba ahí fuera y él tenía que salir a buscarla; sólo iba a lograrlo si ganaba esta lucha desquiciada. ¿Cómo? ¡Acechando al enemigo, ya no seas el ratón, conviértete en gato!, pero estaba débil, y necesitaba fuerza para lograrlo. Decidió prepararse para la batalla final.

Se levantó y caminó seguro hacia el sofá de dos plazas de la sala, donde haría un profundo trabajo de limpieza interior. Pasó muchas horas desechando ideas y llenando, con exasperante lentitud, los enormes agujeros de su voluntad trunca. Cerraba y abría los puños, sentía con placer la tensión de los músculos de las piernas, respiraba profundamente, movía los hombros con fuerza inusitada, balanceaba el tórax para lanzarlo con cada puñetazo, giraba los pies endureciendo los tobillos. Quería ser un auténtico guerrero y logró borrar todo pensamiento ajeno a la acción decisiva que iba a emprender. Se concentró más que nunca en toda su vida: había un centro en su mente y todo lo demás era oscuridad y silencio. Pero no quiso confiarse y decidió hacer una prueba. Brincó del sofá y se mantuvo unos minutos de pie, increíblemente tenso, listo para atacar. ¿A qué, a quién? Eso no importaba. Respiró una y otra vez con toda la profundidad que podía, escuchando sigilosamente el entrar y salir del aire denso. Dio dos pasos hacia el sofá individual y se sentó, alerta, a continuar su trabajo.

Era de noche. Consumió el día entero preparándose para la contundencia con que iba a enfrentar su propia ruina. Había avanzado muchísimo, pero le pareció insuficiente e insistió hasta notar cómo aumentaba la energía que impulsaba cada milímetro de su cuerpo. Estaba listo.

Al ponerse de pie se dio cuenta de que había amanecido: era martes, pero no permitió que eso lo distrajera. Todo era combate, sólo eso. Había acumulado una fuerza tal en los músculos que con cada movimiento, por pequeño que fuera, sentía cómo se replegaba el aire, cómo se alejaba de él para cederle obsecuente el paso. Cada poro atento, buscaba el puño traicionero. Se dirigió hacia la puerta y, antes de abrirla, se dio vuelta y lanzó una furiosa andanada de golpes y patadas. No encontró resistencia y, convencido de que había atemorizado al monstruo, lo persiguió por todo el departamento. Sus golpes eran brutales, sin bajar nunca la guardia, sin reducir por un segundo el estado de tensión suprema que se autoalimentaba, dándole más fuerza después de cada ataque. Todavía no encontraba a su enemigo y siguió persiguiéndolo sin descanso, hasta que los puños de su oponente invisible le aplastaron el abdomen, la quijada, el pecho, un ojo, la nariz, el abdomen, la nariz, el otro ojo, una oreja, el pecho, la quijada... Tomás golpeó y golpeó y golpeó con furia incontenible, pero los puños eran imparables y no tenían cuerpo, las patadas no lo tocaban. Simplemente no existía.

La catástrofe fue absoluta. La sangre y el dolor lo desmoronaron en minutos. Fue llorar sin freno y volver a meterse en la frustración, en las mil preguntas. Se quedó tirado, observando cómo avanzaba la mancha de sangre sobre la alfombra, cómo se apoderaba inexorable de ese infierno suyo sin salidas ni razones.

Cuando volvió en sí, los dolores eran inaguantables y lo atrapaba el ruido del teléfono. De nuevo la explicación para la oficina, con enormes trabajos porque apenas lograba hablar, yo creo que hasta el próximo lunes, una infección, pero tengo mucha fiebre, sí, muy mal, pero ya pasará, perdón y gracias. ¿Perdón? Encima de todo, se comportaba como un verdadero estúpido. ¡Perdón! ¡Carajo, deberían verme!, y de ahí al nuevo plan de acción, ése sí infalible: desmontar toda la casa, guardar todo como quien se cambia e inutilizar al monstruo sin intentos de lastimarlo físicamente.

Horas después decidió comenzar a moverse a pesar de los dolores aún muy intensos, y se dio cuenta de que no había comido nada desde el viernes. Se incorporó, vació una lata y la devoró velozmente. Tomó refresco y empezó a relajarse. En el espejo, el espectáculo fue terrible: la cara ya no parecía la suya, sino la de un ser contrahecho y apaleado. Se acarició las heridas y las mojó con agua helada, viendo correr la sangre seca.

Comenzó a empacar y, aunque le faltaban cajas, se las fue ingeniando para formar paquetes que contuvieran las furias de los puños invisibles. Lo hizo apresado por grandes temores, esperando el ataque a cada momento. No lo hubo y, ya en la madrugada, pudo respirar en relativa paz. Se le ocurrió entonces llamar por teléfono a Magdalena; le rogaría que fuera a verlo y que abriera con sus llaves, las explicaciones vendrían después, pero lo fundamental era que ella entrara por sí sola al departamento que tanto quisieron al estar juntos. ¿Y si el monstruo la atacaba? No, eso no iba a ocurrir: él lo sabía bien. Cuando contestó la grabadora no se desanimó y, al contrario, con todo y su voz deformada, le dejó un mensaje risueño y erótico que, sin duda, la iba a hacer sonreír; no quiso ponerse muy dramático, pero intentó ser clarísimo en cuanto a la necesidad vital de que fuera a verlo. A partir de ese momento, todo fue espera y deseo.

Amaneció y nada. Esperó el miércoles entero. Nunca sonó el teléfono, nunca se movió la puerta, nunca escuchó sus pasos aproximándose a salvarlo. Esperanzado, desayunó, comió, cenó, se reportó a la oficina diciendo que comenzaba a mejorar, que posiblemente el viernes. Su ánimo oscilaba entre la angustia de la espera, el bienestar discreto que comenzaba a crecer en su interior y el miedo frente a un posible ataque. La noche llegó y con ella fue disminuyendo la esperanza, pero no se doblegó y le hizo una nueva llamada casi suplicante. Se acostó y fue abandonando los temores. En apariencia había resultado útil la idea de empacar todo: en alguna parte, en alguna de las cosas que poblaban su soledad, estaba el monstruo temible. ¿Qué hacer más adelante? ¿Tirar todo a la basura? No, era más conveniente ir desempacando cosa por cosa hasta saber cuál de ellas lo contenía y esa sí deshacerla por completo. Sus meditaciones estaban centradas en la puerta y el teléfono, pero se mantenía vigilante para protegerse de un eventual ataque. Se dejó ganar por el sueño que, después de tantas angustias, se presentaba reconfortante, como una promesa de calma y tranquilidad. Estaba convencido de que dormiría toda la noche, pero un puñetazo, suave y bien colocado en el brazo izquierdo, lo interrumpió durante un momento de ligero despertar. Se levantó frenético y estuvo a punto de soltar golpes al aire, pero se arrepintió y no hizo más que llorar.

El jueves, todo él una garra informe y vacía sin ánimo de vivir, Tomás era la tristeza misma. No pensó siquiera en bañarse o vestirse o caminar. Ya no lo inmovilizaba el miedo: sabía que su muerte era inevitable y no le interesaba luchar. ¿No habría muerto tiempo atrás y estaba hundido en los delirios posteriores? ¿Valía la pena preguntarse tantas estupideces? Mejor abandonarse al olvido de sí mismo. Pasó el día entero con la mirada perdida. El hambre fue fácilmente olvidada y lo mismo todo cuanto lo acercaba al movimiento. Tal vez había alcanzado el nirvana y ya ningún deseo lo impulsaba. Tal vez fue ese nirvana insospechado el que lo protegió cuando, a media tarde, llegó un nuevo ataque, más bárbaro y brutal que ninguno, que lo dejó casi ahogado en sangre, tumefacto y semipodrido, sin oponer la más elemental resistencia, sólo sintiendo como a lo lejos, como desde otro, la acumulación de puñetazos que hacían brincar su cuerpo de un lado a otro, mientras la sangre brotaba incontenible y caliente por aquí y por allá, la mente desconectada de la masa sanguinolenta.

Permaneció muchas horas perdido en la inconsciencia, completamente cerrado a toda forma del sentir; era una especie de espíritu ido del mundo material que en sus breves instantes de dudosa lucidez casi se reía de su propio desenlace terrible.

Lo despertó un frío tétrico, de muerte irrefutable. Le dolía el brazo izquierdo, metido bajo la cabeza para dejar la mano pegada a la cara. Casi desde otra dimensión, miró el reloj enmedio de la oscuridad. Eran las diez y media de la noche. Sin pensarlo, saltó de la cama y corrió hacia el baño; al encender la luz, el espejo le ofreció un rostro limpio, casi sedoso, con la discreta barba que le surgía por las noches. No encontró rastros de golpes, ni siquiera una leve cortada, un rasguño, un pequeñísimo moretón. Miró de nuevo el reloj. Era viernes, justo una semana después del primer golpe; era, de nuevo, una gélida noche de viernes. ¿Estaría muerto y no se daba cuenta? ¿Soñaba? No, estaba perfectamente despierto y lúcido. Notó entonces que el baño se encontraba en orden. Cada cosa en su lugar habitual, todo limpio, bien acomodado, como en los mejores tiempos. Sintió temor. ¿No había empacado? ¿Cómo habían vuelto las cosas a su lugar? Cauto, salió a la cocina, la sala, el comedor. Todo en orden. No faltaba en las paredes un solo cuadro. El aire de la casa, antes denso y encerrado, era ahora ligero, fresco, gratificante.

En el centro de la sala, gritó:

¡Te gané, desgraciado, te gané, no pudiste conmigo, maldito! —y comenzó a reír y llorar de alegría, hasta que lo interrumpió un sonido inesperado.

¿Qué pasa, Tomás, qué tienes?

La voz adormilada de Magdalena le llegó como la revelación mágica de que, en efecto, el monstruo se había ido y todo estaba nuevamente en orden. ¿Cómo? ¡Qué importaba! No quería respuestas: le bastaba saberlo. Caminó hacia la habitación, la única parte del departamento que no revisó antes de autoproclamarse vencedor, y vio a Magdalena acostada, cubierta con las cobijas. ¡Ahí estaba, realmente estaba! Entró a la cama y la estrechó eufórico por la espalda, hablándole dulcemente al oído:

Nada, chiquita hermosa, no pasa nada.

Levantó la vista, posándola distraídamente sobre la pared del fondo. Las letras, escritas con sangre, decían:

A ver si así, estúpido.

3 comentarios:

  1. A mí me ataca de otra manera: conmigo recurre a la asfixia (a veces erótica, sí). Sé perfectamente dónde se esconde, al menos su universo, ya sus peculiaridades, sus rincones secretos, no las identifico. Por eso me sorprende siempre. Un buen día está tan fresco tamborileando mi corazón con ritmos nuevos, y otro lo siento apretar esa horca de la que hablas en Mi Verdugo: una especie de corbata, buen nudo corredizo. Me golpea el estómago también. Me saca el aire. Sólo se alimenta con un llanto incontrolable y, quizá, con calcio de mis uñas. S´ñolo algo lo difernecia de tu atacante: jamás se me aparece dormida. Esa es mi desgracia, no tengo al lado un despertar cálido y amoroso. me ataca no en la angustia de la pérdida, sino en el desamor absoluto, en los pocos instantes de descuido en que no me encuentro a gusto conmigo o con quien en mí pueda ser o sidfo tu Magdalena. Es un cabrón bien hecho. Nada mejor para expresar sus efectos que, por supuesto, un Bacon.

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  2. Jajaja genial, ¿sabes? me recordó por momentos Oldboy

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  3. Los derechos de autor del blog "El Microbio Terrible" de Guillermo Mendizábal fueron registrados íntegramente por él con permiso para distribuir reconociendo la autoría. Licencia de "Creative Commons": http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/mx/
    EN CASO DE PLAGIO PROCEDEREMOS JURÍDICAMENTE

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